Defensa de los eurócratas

Eurócrata es palabra en la que cabe de todo, desde los hombres de negro, al simpático metepatas que es el presidente del Eurogrupo, pasado por toda laya de políticos de ámbito bruselense.  Eurócrata es además palabra que se presta bien a los juegos lingüísticos denigratorios: así hemos escuchado «eurocrottes» a los lobistas del chocolate o, más recientemente, «eurogrillos», por la cacofonía de propuestas dispares si no contradictorias que emana del coro de la «rue de la Loi». Es divertido darle caña a los eurócratas y, además, útil, pues Bruselas es el chivo expiatorio con que algunos políticos nacionales cubren sus vergüenzas. Ya saben: sostiene Bruselas…

Bien visto, la realidad es que los eurócratas son los políticos nacionales. Ellos son quienes ejercen el verdadero poder de Bruselas. El que han transferido ellos mismos voluntariamente desde las capitales nacionales con el loable fin de  evitar la autodestrucción de sus países, como dice un buen amigo mío venga esta por violenta guerra nacionalista o, más modernamente, por hábil Plan E II, imagínense, para relanzar el crecimiento.

Por tanto, mi defensa no será para estos eurócratas, si no para la administración pública europea, para los funcionarios europeos. Los funcionarios no son un mal necesario, sino un logro de las sociedades avanzadas: la diferencia entre una república bananera y un país moderno estriba en la existencia de una función pública eficaz e independiente. En la Unión Europea, además, la administración pública europea protege la igualdad de los Estados Miembros y la búsqueda del interés común europeo, frente al pilar intergubernamental donde hacen y deshacen quienes dan el crédito o son más poderosos.

Por esta razón, es muy preocupante que algunos políticos nacionales se hayan lanzado contra los funcionarios europeos. En ciertos casos, tiene lógica, pues se trata de seguir ejerciendo un poder unilateral, sin una administración pública europea moderadora, o de detener simplemente el avance de la Unión Europea. En otros, no se comprende, porque la última posición para la defensa de sus intereses legítimos son los funcionarios europeos, o como dice ahora todo el mundo: «más Europa».

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