Elogio de la ineficacia

Reconozco que pude ser uno de los pocos alumnos españoles que suspendió en junio la Formación Manual del antiguo bachillerato. Pese a ello, y como medida contra el estrés, todos los veranos me reservo una mañana o una tarde, no más, para resolver algún problema de naturaleza mecánica, generalmente relacionado con mi bicicleta: ajustar unos frenos, cambiar un pedal o arreglar un pinchazo.

Adviértase que esta última acción es asaz compleja, pues comprende diversas tareas: desde la extracción de las cubiertas hasta los temidos ajustes de frenos y marchas. Viene a cuento la digresión, porque en este ámbito de los pinchazos sin duda sobresalgo, ya sea en la identificación del agujero malicioso por inmersión de la cámara afectada, ya sea en su subsanación echando mano de los correspondientes lija, pegamento, parche y final flambeado del conjunto. Así aprendí a arreglar pinchazos en la década de los sesenta de siglo pasado y así lo sigo haciendo, desdeñoso de los adelantos de la técnica.

Este año tocaba cambiar las pilas al ordenador de a bordo, o cuentakilómetros, si se quiere, operación no exenta igualmente de complicaciones ya desde la propia compra de las pilas (¿soy el único que las elige aleatoriamente en el híper?) Procedí así: para la apertura de los compartimentos donde se alojan las pilas, escogí inicialmente una moneda de 50 céntimos: era demasiado gruesa y estropeaba el plástico de la muesca de apertura. Tuve una inspiración: ¡tal vez la propia pila bastaría! Claro, para poder utilizarla con este fin era preciso abrir el embalaje con protección contra bebés (¡y adultos!). Me dirigí a la cocina donde conseguí unas tijeras de pescado y volví con ellas al banco del jardín en que efectúo las reparaciones. Conseguí con alguna dificultad abrir el embalaje, pero las pilas no entraban tampoco en la ranura.

No me importó. Calmamente, me dirigí a la alacena y rebusqué en la caja de herramientas hasta dar con un destornillador. Regresé demorándome al tiempo que trataba de estimar si la cabeza del destornillador sería apropiada para la muesca de apertura. No lo fue. Los daños sufridos por el plástico de la ranura me hicieron temer lo peor. Así que me dirigí de nuevo, parsimoniosamente, a la cocina para buscar en sus cajones alguna herramienta que diera respuesta a este contratiempo. Y la encontré: un cuchillo de postre.

El cuchillo de postre cumplió a la perfección su misión de abrir los compartimentos de las pilas sin mayor daño de las ranuras. Posteriormente, procedí a la reprogramación del cuentakilómetros, pero ahorraré al lector (¿Alfredo?) los detalles.

Se preguntará el lector (¿Alfredo?) por qué me inflijo este castigo todos los años, habida cuenta de mi falta de destreza. Pues bien, me relaja. Me relaja la consecución de una meta mecánica sin parar mientes en plazos o una perfecta ejecución, ideando estrategias imperfectas. Es además una reivindicación. Que no volverá a producirse por fortuna hasta el verano que viene. ¡Y la bicicleta anda!

Quinta da Ferreira

 

 

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