Keep calm and play democrático (and uncorrupted)

Ukeep-calm-and-play-democratico-1na encuesta, de esas que se hacen en la cafetería de la redacción, ha puesto de los nervios a los dos grandes partidos políticos y en particular al Partido Popular. Que bastante tenía ya con comerse los marrones sucesivos de la crisis, el rescate, la corrupción primera entrega, los territorios levantiscos y, en general, de todas las calamidades derivadas del fin del ciclo de la Constitución de 1978.

Que no cunda el pánico, que nos arriesgamos a zamparnos ocho años más de zapaterato hípster, a manos de un front pop (¡En Europa los populistas han salido de extrema derecha!). Que no cunda el pánico y curémonos de espantos.

Nuestra historia —es la Transición, estúpidos— tiene la solución: harakiri (o seppuku según se mire) y democracia. «Nadie es imprescindible en democracia», es una de mis frases favoritas. ¿Democracia?, claro. Basta de lamentaciones, súplicas de perdón y promesas de cambios legislativos. ¡Los senadores de la Restauración ya hacían la declaración de bienes! Lo que hace falta es acabar con la arrogancia y la impunidad, haciendo que los políticos respondan verdaderamente ante los ciudadanos y su destino dependa de estos y no de la estrategia de las cúpulas de los partidos.

¿A qué esperamos?

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Jean Monnet en Cataluña

Eran la siete y media de la mañana y la niebla se afanaba por despegar de los caminos de Houjarray. Aquel octubre de 2014, yo trataba de imaginar qué árboles y piedras lo habrían visto pasar. Entonces emergió de la nada con su inconfundible atuendo: abrigo, sombrero y bastón. Era Jean Monnet.

Jean Monnet, el «inspiradormonnet», como le llamaba despectivamente el general de Gaulle. ¿Qué pensaba del futuro de Europa? ¿Del renacimiento del nacionalismo? ¿De Cataluña? Esta cuestión me urgía particularmente, pues yo acababa de tener en Reus unas «Conversaciones imprescindibles para un país de futuro» con un grupo de jóvenes valerosos.

Monnet no entendía muy bien lo de Cataluña. Cierto, no es nacionalista. Jamás podría serlo un tratante de coñac. Lo suyo era compartir, más allá de la soberanía nacional, transcender los intereses particulares para alcanzar el interés común. Monnet no veía el agravio ni opresión ni pobreza en el caso de Cataluña. Sí le inquietaba que la apelación a un sentimiento encarnizado devolviese repentinamente Europa a la guerra.

Le supliqué que aplicara el método Monnet al problema. Me miró incómodo y caminó hacia el bosque, murmurando: «La vocación de Europa está por encima de los particularismos; Europa es la afirmación de la democracia como antídoto del nacionalismo.»

Una narrativa para Europa; un relato para la democracia española

españa europaDurante cerca de 40 años la democracia española se ha construido sobre las ideas de la transición de un régimen autoritario a otro democrático, así como de la equiparación política y económica con Europa. Tal ha sido el «relato» con que los españoles hemos justificado mayoritariamente el sistema de la Constitución de 1978, hasta que empezó este a cuartearse por la corrupción, la esclerosis de los partidos políticos y la crisis. Otro discurso agotado es, precisamente, el de la Unión Europea. En este caso, la «narrativa» fundacional (utilizo el anglicismo para variar) propugnaba el fin de las guerras en el continente y el bienestar de sus pueblos. Las recientes elecciones europeas han supuesto el punto de inflexión de este «relato» y también de la «narrativa» de Europa.

Mientras que, a ambos lados de la muga, políticos y comentaristas ofrecen imaginativas soluciones a la crisis de España y de su modelo, desde la «reforma profunda» a la «profunda reforma», impresiona el nuevo discurso de la extrema izquierda en España. Se trata de un relato simplista y demagógico, pero fácil de contar: «La Transición ha sido un enjuague de la casta dominante para perpetuarse, por lo que España no puede considerarse una democracia, como demuestra la crisis, que ha de pagar el pueblo pese a haberse engendrado fundamentalmente por la corrupción de dicha casta». En la intimidad, claro, todo el mundo utiliza ya el término «casta» para referirse al problema de la partitocracia.

En el caso de la Unión Europea, para frenar el desinterés de los ciudadanos por la construcción europea, la Comisión requirió a intelectuales y políticos que reflexionasen sobre una nueva «narrativa» europea. Ha sido esta una iniciativa funcionarial clásica, top-down, de la élites para abajo, que ha pasado completamente desapercibida.

Más atención merece la batalla que el Parlamento Europeo libra desde hace años contra las Estados miembros, que se jactan de ser los únicos depositarios de la legitimidad democrática, para implantar un democracia parlamentaria de ámbito europeo. Las competencias ganadas en el Tratado de Lisboa y el nombramiento de Juncker, el cabeza de lista del partido vencedor en las elecciones, como presidente de la Comisión, son  signos de que un cierto federalismo europeo vuelve al orden del día. Esto lo ha visto muy bien David Cameron, cuya oposición al nombramiento de Juncker no es ni mucho menos incoherente con la postura tradicional británica.

La aspiración de una democracia de ámbito europeo tiene potencial para alumbrar una nueva narrativa de Europa, que entusiasme a los ciudadanos y de respuesta a los populismos rampantes. En cualquier caso, serán los ciudadanos quienes impongan la nueva narrativa europea y no una élite a sueldo.

¿Y en España? El Gobierno del PP ha afrontado con acierto y coraje la crisis económica, imponiendo medidas duras que, pese a todo, muchos ciudadanos han comprendido. Sin embargo, sufre un desgaste electoral enorme, que se suele achacar erróneamente a fallos de comunicación. No se trata solo de errores de comunicación. Falta precisamente un relato que explique a los ciudadanos que su sacrificio tendrá como premio una renovación del sistema político, que lo haga respirable y lo convierta en un mecanismo de generar oportunidades. Solo con una reforma sincera del sistema político habrá futuro para la democracia que echó andar en el 78.  A falta de ella, solo el populismo y la nada.

Las expulsiones de Bélgica y el referéndum suizo

flagge-schweizLas expulsiones de ciudadanos españoles en Bélgica han abierto un nuevo frente de la guerra sucia por el voto exterior. En esta guerra, por encima de la búsqueda de soluciones para las personas, se politizan los problemas tratando de obtener réditos electorales y, peor aún, se introducen mensajes populistas, extremadamente corrosivos, que perjudican a quienes vivimos en el exterior.

Aireado por algunos medios de comunicación, el mensaje populista es en este caso que el principio de la libre circulación de personas, un derecho fundamental establecido por la Unión Europea, no vale para nada, no protege a los emigrantes, puesto que la UE no sería más que una construcción para favorecer a quienes tienen dinero. El reciente referéndum suizo, en virtud de cuyo resultado la Confederación denunciará los acuerdos de libre circulación con la UE, pone la cuestión en sus justos términos, como se verá más adelante.

Pero antes quiero ilustrar como se está fraguando este mensaje populista, comentado un reciente programa de Antena 3, Espacio Público, donde intervino el diputado de Izquierda Unida, Alberto Garzón, quien se hizo portavoz del mensaje de la “hipocresía de la Unión Europea”. Garzón negó la existencia de una política social europea o incluso una política común de inmigración. La intervención de una asistente social de la activísima y meritoria asociación Hispano-Belga asbl, financiada por organismos y administraciones belgas, desbarató involuntariamente la estrategia política de “Espacio Público”, explicando que en muchas ocasiones se abusa del sistema belga de protección social, que todavía hay trabajo para quien quiera trabajar y que se atiende a los casos más graves.

No obstante, la clave del debate es el referéndum suizo: se acabó el instalarse libremente en Suiza, derecho que había exigido la UE para compartir otras libertades con los suizos, como la libre circulación de mercancías y capitales. Vuelven los contingentes, el numerus clausus para entrar el país, los controles humillantes en las fronteras.  Peor aún, desaparece la posibilidad de hacer valer tus derechos sociales frente a una jurisdicción independiente: el Tribunal de Justicia de la Unión Europea.  Peor aún: un telediario dela BBC abrió el día del referéndum anunciado que “Suiza se atreve a hacer lo que muchos otros países quieren hacer…”

En estas difíciles circunstancias me parece que, en lugar de hacer demagogia a costa del sufrimiento de las personas, es preciso defender en Europa la ciudadanía europea y la libertad de circulación y residencia sin discriminaciones. La libertad de circulación es un derecho fundamental de la UE y, como tal, habrá de exigirse a las instituciones europeas que la apliquen efectivamente e interpreten sus disposiciones de modo proporcionado y flexible, teniendo en cuenta la situación de crisis que vive Europa. La ciudadanía europea y la libertad de circulación no son negociables.