Diada 2015, el principio de la «caduta» de Artur Más

isOXY0Z6RCTrato de imaginar cómo será la caída de Artur Mas desde que una dama, joven, de la buena sociedad barcelonesa, me confió: «se podrá decir lo que se quiera de Mas, pero ha demostrado que es un valiente». Nunca me había planteado así la visión de Mas, como la forja un héroe.

Sin embargo, atando cabos, desde el primer día que lo vi en televisión intuí algo diferente. En una época en que el nacionalismo había congelado la gran reivindicación, Mas confesaba abiertamente la vigencia del objetivo nacionalista. Entonces me pareció una provocación infantil, pero ahora resulta coherente con la trayectoria del personaje.

No es difícil imaginar al joven Arturo —con ese nombre fue inscrito en el registro civil—, escuchando arrobado la historia del primer rey de Inglaterra, frente a la espada que solo él podía arrancar de su prisión. Él, el fundador de un reino. Veo al joven Artur arrobarse entre las volutas del colacao mañanero, evocando episodios imposibles narrados por los historiadores chiflados del nacionalismo catalán. Imagino al adolescente comparar ante el espejo su mandíbula con la del Capitán Trueno. Probablemente, los biógrafos y psicólogos aportarán mejores argumentos sobre su personalidad, pero estoy seguro de que el perillán se reconocerá al leer esto.

En consecuencia creo que el inefable «procès» se debe fundamentalmente al proyecto personal de Más. Y de aquí, a la vista de lo que ha acontecido con los proyectos políticos personales desde la segunda guerra mundial, se sigue la «caduta» del personaje.

Contrariamente o lo que algunos piensan, Mas no busca una posición negociadora ventajosa. Arturo quiere solo sacar la espada. En cualquier caso, resultará muy difícil contener la oleada de irracionalidad dionisíaca que su proyecto han levantado entre los separatistas catalanes. Esto es otro elemento importante de las «cadutas» a que me refiero, por el carácter tumultuario en que pueden derivar.

Nadie quiere problemas a este lado de la Unión Europea y de la OTAN. El mundo está ya muy complicado. Problemas migratorios en el Mediterráneo, el fundamentalismo, una Rusia empobrecida y agresiva, la crisis y China que se desinfla. Un panorama muy movedizo para sobrevolarlo con la capa mágica de la estelada y organizar un incendio en la península ibérica.

No le dejarán, no podrá. No verá su estatua rodar por los suelos, porque no la tiene aún. Aunque nadie se lo pedirá, tendrá que irse sin gloria, autoexiliarse a Andorra, tal vez, a pasar el fin de semana, antes de que la nostalgia del estado inconcluso le devuelva a las calles de Barcelona, olvidado.

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Jean Monnet en Cataluña

Eran la siete y media de la mañana y la niebla se afanaba por despegar de los caminos de Houjarray. Aquel octubre de 2014, yo trataba de imaginar qué árboles y piedras lo habrían visto pasar. Entonces emergió de la nada con su inconfundible atuendo: abrigo, sombrero y bastón. Era Jean Monnet.

Jean Monnet, el «inspiradormonnet», como le llamaba despectivamente el general de Gaulle. ¿Qué pensaba del futuro de Europa? ¿Del renacimiento del nacionalismo? ¿De Cataluña? Esta cuestión me urgía particularmente, pues yo acababa de tener en Reus unas «Conversaciones imprescindibles para un país de futuro» con un grupo de jóvenes valerosos.

Monnet no entendía muy bien lo de Cataluña. Cierto, no es nacionalista. Jamás podría serlo un tratante de coñac. Lo suyo era compartir, más allá de la soberanía nacional, transcender los intereses particulares para alcanzar el interés común. Monnet no veía el agravio ni opresión ni pobreza en el caso de Cataluña. Sí le inquietaba que la apelación a un sentimiento encarnizado devolviese repentinamente Europa a la guerra.

Le supliqué que aplicara el método Monnet al problema. Me miró incómodo y caminó hacia el bosque, murmurando: «La vocación de Europa está por encima de los particularismos; Europa es la afirmación de la democracia como antídoto del nacionalismo.»

“Victus” y la legislatura de todos los peligros

“Victus, Barcelona 1714″, de Albert Sánchez Piñol, es una de las novelas que más me ha gustado recientemente. Me parece muy literaria, en particular, la parte de la iniciación de Martí Zuviría, el protagonista, como ingeniero militar junto a Vauban. Se dan cita en ella la mística (“el misterio”), las enseñanzas y personajes míticos y el amor adolescente. La faceta picaresca de las andanzas del protagonista, sin embargo, me irritó un poco. En fin, el asedio de Barcelona está narrado con dramatismo y tintes épicos y nos devuelve a la ciencia del sitio y la defensa de fortalezas, que el autor conocer bien.

Uno de los motivos que me llevó a leer “Victus” fue encontrar alguna clave histórica sobre las exigencias los nacionalistas catalanes, cuyo primer vencimiento han fijado estos en el referéndum de 2014, 300 años después de la rendición de Barcelona a las tropas borbónicas. Dice la prensa que el presidente Rajoy ha elegido “Victus” como lectura verano, con el objetivo también de entender mejor el que probablemente va a ser uno de los mayores retos de la legislatura.

En efecto, en esta legislatura de todos los peligros, Rajoy ha tenido que enfrentarse, en un contexto de crisis institucional y política, a la dura realidad de la crisis económica y a fuerzas contrarias, hiperactivas tras 20 años de socialismo: mareas blancas, verdes, medios de comunicación soliviantados. Luego vinieron las gigantescas presiones para el rescate. El presidente acertó resistiendo.Y pienso que lo hizo principalmente por pura voluntad de supervivencia del Estado y convicción de la razón de ser de España. Esta es mucho más fuerte entre los españoles de lo que los nacionalistas suponen.

“Victus” es una novela, no un tratado de Historia; las claves que podemos deducir son las que son. El autor bosqueja algunas diferencias de carácter de los catalanes con los castellanos para dar color. Destaca la notable circunstancia de que el defensor de Barcelona no era catalán, el general Villarroel, que actúa por principios de ética personal, como tantos otros, por ejemplo, los principales catalanes que, contrarios a la lucha contra Felipe V, se sumarán a los defensores. Casanovas y la élites catalanes salen mal paradas. Al final, la defensa de Barcelona recuerda a “Un día de cólera” de Pérez Reverte, pues es el pueblo quien, abandonado por sus dirigentes, sale a defender sus casas y sus vidas, más allá de las raíces del conflicto.

Una historia bien española.