Un oso polar en la redacción

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Acabo de pasar unos días en Londres visitando a mi hermano y me ha vuelto a impresionar el dinamismo de esta ciudad, en la que los taxistas se saben las direcciones, los autobuses de dos pisos están relucientes y oigo las voces de muchos compatriotas jóvenes que pugnan por una oportunidad para ganarse la vida (y aprender inglés).

Sinceramente, me cuesta no albergar admiración o incluso simpatía por nuestros  sempiternos enemigos. Creo que esta es mutua, cuando menos en el caso de los muchos ingleses que han encontrado acomodo en el clima benigno de las costas españolas y nuestro singular estilo de vida.

En esta ocasión, sin embargo, he sentido además alguna envidia al leer el diario The Times y comprobar en sus titulares un grado menor de exasperación y una variedad de temas mayor que en los medios españoles. Aparte, claro está, de los inevitables ataques contra la Unión Europea, que estos días se centran en sendas regulaciones sobre los aspiradores (los ingleses son grandes fabricantes) y el chorro de los sanitarios (los ingleses son los inventores).

En efecto, los medios de comunicación españoles dan en general la impresión de vivir en una tensión de contrarios permanente, enzarzados en agrias descalificaciones. Peor, los temas se repiten ad nauseam: la crisis, los nacionalistas, la corrupción. Socorro. The Times informa ciertamente sobre estos temas, aunque prestando su voz a los protagonistas más que opinando, creo, lo cual es una forma sutil de opinar. Pero también publica sobre muchos otros temas: este fin de semana, por ejemplo, me ha sobrecogido y entretenido el relato de la odisea que Ranulph Fiennes vivió en el Everest.

Fiennes, baronet, aventurero solitario, escritor y primo de unos célebres actores británicos, se salvó de perecer en el Everest gracias a la oportuna insistencia de su señora en que llevase píldoras contra los infartos. La narración de su regreso a la base, infartado, me ha recordado los infortunios de las crónicas de la Conquista. En la misma edición, The Times relata otra historia polar, en la que un oso se lleva por delante a un excursionista. En fin, esta vez en Canadá, otro aventurero más afortunado es salvado del ataque de un oso por su perro, al cual hubo de comerse para sobrevivir a las subsiguientes inclemencias del tiempo.

Estas historias asombrosas nos transportan, nos hablan de otras personas y nos alejan de las angustias cotidianas. No sé si hemos acabado de encerrar al Cid bajo siete candados, pero tal vez sea la hora de soltar un oso polar en las redacciones de los periódicos.

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