24 de octubre de 1964, un día de nombres propios, In Memoriam

In Memoriam

(…)

Mi capitán no contesta, sus labios están lívidos e inertes;

Mi padre no siente mi brazo, le faltan el pulso y el brío;

La nave ha atracado en puerto seguro, la singladura ha concluido;

De la pavorosa travesía, vuelve vencedora la nave con la misión cumplida;

¡Que los puertos se colmen de alborozo

¡Que las campanas toquen a rebato!

Pero yo caminaré afligido por la cubierta donde mi capitán

yace, frío y sin vida

(…)

Whalt Whitman, O Captain! My Captain, traducción propia

Origen: 24 de octubre de 1964, un día de nombres propios

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24 de octubre de 1964, un día de nombres propios

O Captain my Captain! our fearful trip is done

En Montélimar, cerca de Aviñón, se registraron aquel día vientos de 166 km/h. En la región de Midi-Pyrénées, una repentina tormenta de nieve bloqueará a los conductores durante 10 horas. Es 24 de octubre de 1964, año de La Niña, también el día en que se inauguran las olimpiadas de Tokio.

Hacia el oeste, sobre las ocho de la mañana, cerca de la muga que separa Francia de España, en la cota 1400 del puerto de Larrau, tras 8 kilómetros de marcha superando desniveles de hasta el 16%, la compañía de escaladores-esquiadores de la División Navarra nº 62 sufre el embate terrible de una tormenta de nieve. Los vientos sobrepasan 100 km/h, la temperatura cae hasta 20º bajo cero. No se puede ver, no se puede respirar, apenas se puede andar. Cuatro soldados encontrarán allí la muerte.

La tormenta perfecta se viene formando desde ayer, cuando la unidad militar emprende una marcha de entrenamiento por la muga, que se inició con tiempo otoñal bonancible. Como un mal presagio, la niebla espesa se apodera de los barrancos y montes por donde evolucionan los militares. El altímetro da informaciones contradictorias con la idea del terreno de los oficiales. Se pierden las conexiones por radioteléfono. Se emprende una marcha épica bajo la niebla y la lluvia, a través de parajes de bosque denso, por arroyos y cañones, como la pasarela que salva a 200 metros de altura las Gargantas de Holzarte. Así como en las epopeyas clásicas, un pastor aparece y anuncia la proximidad de la localidad de Larrau. La compañía se había pasado a la vertiente francesa.

Podrían haber concluido en este punto las desventuras de aquellos soldados, pero el aparente refugio es solo un acto más de la tragedia que se va fraguando. La unidad decide abandonar el lugar a la mañana siguiente. Son solo 12 los kilómetros que separan Larrau de la muga, donde camiones recogerán a los soldados, exhaustos tras la marcha de 12 horas del día anterior y una noche de perros en la escuela del pueblo francés.

La marcha empieza, bajo la lluvia, a buen paso y con ánimo, pues los soldados ven cerca el fin de sus penalidades. Tras 5 kilómetros de marcha, a 900 metros de altitud, la lluvia se convertirá en aguanieve; a 1100 metros el aguanieve se hace nieve copiosa y la ventisca es fortísima. La unidad avanza difícilmente todavía hasta la cota de 1400 metros. Algunos soldados empiezan a dar muestras de agotamiento. La unidad llega donde termina la carretera francesa. Es preciso cubrir aun más de un kilómetro hasta dar con la carretera española y los camiones. La situación es dantesca: una niebla densa es dueña de las altitudes, el viento asfixia y ciega, el frio y la nieve muerden y los primeros signos de congelación aparecen.

El capitán toma la decisión de desandar poco más de un kilómetro hasta una borda en que dar refugio a la unidad. Será un paseo entre la vida y la muerte. Hay soldados dispuestos a abandonarse a una suerte dulce. Los más enteros, tratan de fortalecer el deseo de vivir de sus compañeros y aúpan a quienes van agotados o medio inconscientes. Este será un día de nombres propios.

El soldado ALZURI se echa a hombros a un compañero porque nadie hay ya con fuerzas para tomar el otro cabo de la camilla. El teniente Luis PALACIOS ZUASTI descerraja con un CETME los cierres de la borda donde muchos se guarecerán y encontrarán la salvación. El cabo Carlos IZQUIERDO BALSATEGUI y el soldado Jesús SANTAMARÍA BARBERO dan su vida, tras un esfuerzo sobrehumano, a cambio de salvar muchas. El teniente paracaidista Feliciano BARTUAL y los sargentos ESPINAZO y PASCUAL hacen un regreso descomunal a Larrau, volando virtualmente, para organizar el auxilio. En la otra vertiente, el teniente Ladislao MILLÁN MONTOYA ha conseguido acercar los camiones a la muga, bajo las más desfavorables condiciones atmosféricas, en espera de sus compañeros. El capitán Joaquín CALVO FERNÁNDEZ llega a la borda con los últimos soldados. Lleva  a hombros al soldado Cecilio GARCÍA LASTRA y tiene que parar a cada seis pasos ahogado por la ventisca. Allí cae exhausto y sus soldados lo reaniman.

Me pregunto de dónde saca el hombre las fuerzas para dar esos seis pasos que separan la muerte de la vida. Instinto de supervivencia, abnegación, el recuerdo de los hijos… En esta perspectiva, creo que las consideraciones de carácter reglamentario resultan absurdas. No obstante, me quedo con la conclusión del auditor de la causa, forjada en lapidario estilo castrense:

«Desde el capitán de la compañía hasta el último soldado, todos estuvieron a la altura de las circunstancias»1964_0003

En recuerdo del capitán Joaquín Calvo Fernández y de todos los que padecieron la tormenta de nieve del 24 de octubre de 1964 en la Sierra de Abodi.